Dicen que los seres humanos solemos comprender mejor las situaciones en las que nos encontramos cuando escuchamos ejemplos de historias similares a las nuestras.

Pero aunque no te identifiques con ninguna de ellas, las siguientes historias invitan a la reflexión y al aprendizaje para que sus moralejas se integren a nuestra vida, y así podremos compartir este conocimiento con los demás.

Estos cuentos son anónimos pero se han compartido durante años, pues tienen una enseñanza importante para cada uno de nosotros.

1.- El árbol de manzanas

Hace muchos años existió un árbol de manzanas donde un pequeño niño solía jugar. Él le tenía un gran amor, pues podía treparlo, le daba sombra y alimento. Pero con el paso del tiempo, el pequeño creció y nunca volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Un día, el muchacho regresó y escuchó que el árbol le dijo:

– Estoy muy triste, juega conmigo.

Pero el muchacho le respondió:

– Ya no soy el mismo niño que solía jugar en el árbol. Ahora quiero juguetes y necesito dinero para comprarlos.

– Lo siento -dijo el árbol-. No tengo dinero, pero puedes tomar mis manzanas y venderlas. De esta manera tendrás dinero para tus juguetes.

El muchacho se sintió muy feliz y procedió a cortar las manzanas, las vendió y obtuvo el dinero. Entonces, el árbol fue feliz de nuevo. Pero el muchacho no volvió después de la venta de las frutas, por lo que el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho -ahora todo un hombre- regresó y el árbol se alegró de verlo. Le dijo:

-¿Vienes a jugar conmigo?

-No tengo tiempo para jugar -le contestó -Debo trabajar para mi familia, pues necesito una casa para mi esposa e hijos. ¿Podrías ayudarme?

El árbol respondió:

-No tengo una casa para ti, pero puedes cortar mis ramas y construir una con mi madera.

El hombre cortó todas las ramas del árbol y, a pesar del sacrificio, esto hizo feliz al árbol. Sin embargo, después de haber construido su casa, el hombre no volvió y el árbol volvió a sentirse triste y solitario.

Un cálido día de verano el hombre regresó y el árbol preguntó con alegría:

-¿Jugarás conmigo?

-No. Estoy triste pues me estoy volviendo viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Podrías darme uno?

El árbol contestó:

-No tengo un bote, pero puedes usar mi tronco para que construyas uno y así puedas navegar y ser feliz.

El hombre cortó el tronco y construyó su bote donde navegó por un largo tiempo. Después de muchos años, finalmente regresó con el árbol, pero este, preocupado, le dijo:

-Lo siento, ya no tengo nada que darte. No puedo darte sombra, manzanas ni madera.

El hombre respondió:

-Yo no tengo dientes para morder ni fuerza para escalar. También estoy viejo.

-Realmente no puedo darte nada -dijo el árbol con tristeza en sus palabras-. Lo único que me queda son mis raíces.

-Yo no necesito mucho en este momento, solo un lugar para descansar -contestó el hombre-. Las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse después de tantos años.

El hombre se sentó junto a las raíces del árbol, y el árbol volvió a ser feliz.

Moraleja:

Esta podría ser la historia de todos nosotros. El árbol son nuestros padres. Cuando somos jóvenes, amamos a papá y mamá, y jugamos con ellos. Cuando crecemos, solemos olvidarlos y solo regresamos a ellos cuando necesitamos algo o estamos en problemas. Pero no importa lo que nos agobie, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices. Quizás hayas pensado que el muchacho de la historia fue cruel contra el árbol, pero así somos muchos de nosotros. Valoremos a nuestros padres mientras los tenemos a nuestro lado, y si ya no están en este mundo, haz que la calidez de su amor viva siempre en tu corazón.

2.- Vive el presente

Un hombre se le acerco a un sabio anciano y le dijo:

– Me han contado que eres muy sabio. Por favor, ¿qué cosas haces como sabio que no podamos hacer los demás?

El anciano le contestó:

– Bueno, cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo, y cuando hablo contigo, solo hablo contigo.

El hombre lo miró con asombro y le dijo:

– Pero yo también puedo hacer esas cosas y no por eso soy un sabio.

– Yo no lo creo así -replicó el anciano. – Cuando duermes, recuerdas los problemas que tuviste durante el día, o te preocupas por los que podrás tener al levantarte. Cuando comes, estás pensando en qué harás después. Mientras hablas conmigo, estás pensando en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme antes de que termine de hablar.

Moraleja:

El secreto es estar consciente de lo que estamos haciendo en el momento presente, y así podremos disfrutar de cada minuto de nuestra maravillosa vida.

3.- Las dos ranas

En un bosque lejano, un grupo de ranas paseaba por el bosque cuando de pronto dos de ellas cayeron por accidente en un profundo hoyo. Pensando en que sería imposible salvarlas, las demás ranas les dijeron a sus desafortunadas compañeras que no se esforzaran pues ya no podrían salir de ahí.

Las dos ranas no hicieron caso y saltaron lo más fuerte que pudieron para salir del hoyo. Afuera, las ranas seguían insistiendo en que sus esfuerzos serían inútiles.

Finalmente, una de las ranas prestó atención a lo que las demás le decían y se rindió. Terminó por desplomarse del cansancio y murió. La otra rana continuó saltando con todas sus fuerzas, mientras las ranas le hacían señas y seguían gritando para que dejara de sufrir, pues pensaban que no tenía caso seguir luchando. La rana siguió saltando cada vez más alto hasta que por fin logró salir del hoyo. Cuando salió, las demás ranas la miraron sorprendidas y le dijeron: “Nos da gusto que hayas logrado salir de ahí después de todo lo que te dijimos”.

La rana, confundida, les explicó que era parcialmente sorda, por lo que no podía escuchar muy bien de lejos y que pensó que las demás la estaban animando a esforzarse para salir del hoyo.

Moraleja:

Las palabras tienen un peso muy grande en las personas. Una palabra de ánimo a una persona que se siente desanimada o preocupada puede motivarla a levantarse y seguir luchando. En cambio, una palabra dañina a alguien que se encuentra triste o desesperado puede terminar destruyéndolo. Debemos tener cuidado con lo que decimos y aconsejamos. Recuerda que una persona especial es aquella que se da tiempo para ayudar a quien lo necesite.

4.- ¡Suelta el vaso!

Durante una sesión grupal, un psicólogo tomo un vaso de agua y lo mostró a los demás. Mientras todos esperaban la típica reflexión de ‘¿este vaso está medio lleno o medio vacío?’, el psicólogo les preguntó:

-¿Cuánto pesa este vaso?

Las respuestas variaron entre los 200 y 250 gramos. Pero el psicólogo respondió:

-El peso total no es lo importante. Más bien, depende de cuánto tiempo lo sostenga. Si lo sostengo un minuto, no es problema. Si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo. Si lo sostengo durante un día entero, mi brazo se entumecerá y se paralizará del dolor. El peso del vaso no cambia, siempre es el mismo. Pero cuanto más tiempo lo sostengo en mi mano, este se vuelve más pesado y difícil de soportar.

Y continuó:

– Las preocupaciones, los rencores, los resentimientos y los sentimientos de venganza son como el vaso de agua. Si piensas en ellos por un rato, no pasará nada. Si piensas en ellos todos los días, te comienzan a lastimar. Pero si piensas en ellos toda la semana, o incluso durante meses o años, acabarás sintiéndote paralizado e incapaz de hacer algo.

Moraleja:

¡No olvides soltar el vaso! No permitas que el peso de las emociones negativas haga que tu vida se vuelva más difícil. Este peso solo te estará frenando de continuar con tu camino y ser feliz.

5.- El miedo del gran león

En una vasta sabana africana, un león vagaba perdido. Tenía más de veinte días deambulando alejado de su manada, por lo que el hambre y la sed estaban acabando con su vida. Por suerte, encontró un lago de agua fresca y cristalina. Emocionado, el león corrió hacia él para beber y calmar su sed, y con esto poder continuar buscando a su familia.

Pero al acercarse, vio el rostro de un león en las aguas y pensó:

-¡Qué lástima! Este lago le pertenece a otro león.

Aterrorizado, huyó del lugar sin beber una gota de agua. Pero la sed cada vez era mayor y el león sabía que si no bebía agua moriría. Al día siguiente, se armó de valor y volvió al lago. Igual que el día anterior, volvió a ver el rostro en el agua y, víctima de su pánico, se fue corriendo sin beber.

Y así pasaron los días. El león volvía al lago y huía cuando veía al otro león. Pero un día, cansado de escapar, se armó de valor y finalmente comprendió que moriría pronto si no se enfrentaba a su rival. Tomó la decisión de beber agua sin importar lo que pasara. Se acercó al lago con determinación, pero cuando metió su cabeza para beber, su rival desapareció. ¡Era su reflejo en el agua lo que había estado observando todo este tiempo!

Moraleja:

La mayoría de nuestros miedos y temores son imaginarios. Pero cuando nos atrevemos a enfrentarlos, estos desaparecen. No permitas que tus pensamientos te dominen y te impidan avanzar para vivir plenamente.

6.- El paquete de galletas

Una señora que debía viajar a una ciudad cercana llegó a la estación de tren, donde le informaron que este se retrasaría aproximadamente una hora. Molesta, la señora compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Busco una banca y se sentó a esperar.

Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer el periódico. Sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó; no quería ser grosera pero tampoco permitiría que un extraño se comiera su comida. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando al joven con enojo. El joven, tranquilo, respondió tomando otra galleta, y sonriéndole a la señora, se la comió. La señora no podía creerlo. Furiosa, tomó otra galleta, y con visibles muestras de enojo, se la comió mirándolo fijamente.

El diálogo de miradas de fastidio y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada y el joven cada vez más sonriente. Finalmente, ella notó que solo quedaba una galleta. Con paciencia, el joven tomo la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le dio la mitad a su compañera de almuerzo.

-¡Gracias! -respondió, arrebatándole la galleta al joven.

Finalmente, el tren llegó a la estación. La señora se levantó furiosa y subió al vagón. Desde la ventana, vio que el joven continuaba sentado en el andén y pensó “Qué insolente y maleducado. ¡Qué será de nuestro mundo a cargo de esta generación tan grosera!”.

De pronto sintió mucha sed por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto. Todo este tiempo, ¡el joven le estuvo compartiendo sus galletas! Apenada, la señora quiso regresar para pedirle disculpas pero el tren ya había partido.

Moraleja:

¿Cuántas veces nuestros prejuicios y decisiones apresuradas nos hacen cometer errores y despreciar a los demás? Nuestra desconfianza hace que juzguemos a otras personas, catalogándolas en estereotipos o colocándolas dentro ideas preconcebidas y alejadas de la realidad. Por lo general, nos inquietamos por sucesos que no son reales y nos atormentamos con problemas que quizás nunca ocurran.


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